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    viernes, enero 30

    Microbús 7

    Fotografía: «•*٠ кιτ-кaτн .٠*•»


       Una decepción amorosa, era obvio: el chofer del microbús estaba destrozado, no podía escuchar ninguna salsa, ninguna cumbia, ni un solo reguetón porque todo esto le recordaba a su rorra. Apenas su estéreo reproducía un CD y una lágrima empezaba a juguetear en el filo de su párpado, de inmediato hacía expulsar el endemoniado objeto y lo lanzaba a través de la puerta. Así varios discos vieron su fin: girando y reflejando las luces de la ciudad antes de caer hechos trizas al húmedo asfalto. Los pasajeros admiramos con singular sorpresa como los pequeños platillos abandonaban la embarcación para invadir nuevos mundos debido al destierro al que un mal amor los sometió.

       Sin embargo, la astucia del conductor no era la más veloz pues olvidaba que las melodías y los ritmos del amor no se hallan grabados sobre el vinilo de un LP, en la cinta magnética de un cassette, en los diminutos hoyuelos de un disco compacto o en las ínfimas celdas de una memoria flash, sino que están arraigados en el fantasma que habita la humanidad.

       Con todo, no era lerdo, solo lento: se tomó a sí mismo por el ombligo y se arrojó girando hacía la calle, dando vueltas y con poco brillo el chofer cayó sobre la banqueta hecho añicos. Nosotros seguimos su ejemplo.

     

    martes, septiembre 23

    Microbús IV

    Fotografía: loborroso


       Aquél era un día infernal, digno de un milagro vaticinado. Hacía horas que me encontraba apretujado entre un montón de zutanas y fulanos, enclaustrado en el caparazón inclemente de un microbús, atascado en medio de mil autos en una de las humeantes arterias de la ciudad. Meditaba acerca de nada, mi cabeza estaba sometida bajo el yugo de los hedores que el calor hacía emerger de mis congéneres, cualquier idea por brillante que fuera hubiera terminado sofocada por aquella situación que hacía parecer al averno un mero pozole tibio. Cada gota de sudor que patinaba sobre mi frente, contrario a su función natural, solo lograba enardecer mi enfado. Mi alma crepitaba con vehemencia, como una súplica a la iracunda diosa de la desesperación. Por fortuna, el constante aroma a gasolina y óxidos de carbono conseguía apaciguar todo conato de trifulca, suicidio u homicidio. La mirada se escabullía entre las rendijas que dejaban los cuerpos apiñados, buscando ansiosa un respiro de consuelo, aunque fuese la esperanza de una brisa al mirar por el parabrisas. Fue entonces que noté al chofer sumergido en cierto trance del que ahora poco puedo explicar, al instante siguiente se levantó sobre su propio asiento y habló.

       -Por razones de seguridad, que pronto le serán claras, hemos decidido, amables pasajeros, que esta unidad debe ser desalojada lo más pronto posible. Sin ninguna duda su dinero les será devuelto en el transcurso de los próximos días, como marca la ley.

       Hubo quejas y rechiflas, pero impasible, el carirredondo conductor convenció a todos para que acataran el mandato antes expuesto. No se detuvo ante ningún reclamo, no hizo caso a las amenazas, ni prestó atención a las múltiples ofensas que varios le recitaron a todo pulmón. A mí, con verle los ojos vacíos de cordura me bastó para descender sin gemir la menor queja.

       Apenas la última señorita bajó del vehículo, el chofer tomó asiento, apagó el motor y el tremendo armatoste en un parpadeo redujo sus dimensiones hasta alcanzar un tamaño inapreciable para la ramplona vista humana. El pequeño grupo de evacuados, someramente maravillados por lo ocurrido, pero en general más preocupados por la puntualidad, se disgregó entre los automóviles varados, tomando cada quién su propio rumbo. Por mi lado, busqué la tienda más cercana, moría de sed.

       Semanas después, y como obrado por dios, encontré en uno de los rincones de mi buzón un diminuto sobre, el cual apenas podía retener en su interior las tres moneditas de un peso que un tal Pável remitía para mí, según indicaban unas minúsculas grafías en su exterior. Éste es precisamente el motivo para escribirle, no únicamente para elogiar la honestidad de sus empleados, sino para compartir con usted la alegría de saber que aun hay en el mundo gente honrada y decente.

    miércoles, febrero 13

    ¡Ranas!

    Fotografía: the left-handed robot


       Nuestras conversaciones han mejorado: ella ya no confunde mi voz con la del disipado narrador de esta pésima telenovela, de la cual yo les sirvo el refrito. Nuestros silencios se han tornado cómodos, antes eran como pequeñas intervenciones odontológicas. Con todo, nuestra comunicación alcanzó su punto más álgido el otro día, déjenme les cuento.

       Me encanta como camina, y como levanta la mirada tras despegarla de algún libro, y también su risa desaforada cuando recuerda el chiste que le conté minutos antes, por esto procuro contarle chistes, regalarle libros y salir de paseo a menudo. Fue justo en este invierno, que aun conserva un tufillo otoñal, que me decidí a confesarle mis más profundos sueños.

       -Hace tiempo que no consigo dormir bien- me estremecí igual que las hojas secas que triturábamos a cada paso -. Hará más de cinco días que, entre sueños, veo a un hombre que corre hacía mí, o será más bien que yo floto hacia él, y a pocos centímetros de tocarnos, voltea a verme y grita con su último aliento: ¡Son tres! Acto seguido, el hombre este revienta cual bolsita de catsup. ¿Tres qué? Me pregunto al despertar.

       -¿Qué sé yo?- Si no caminara tan sensualmente, hubiera enfurecido ante su falta de interés, pero tenía que hacerla mover ese par de nalgas otro rato más: no me quejé, y nos acercamos por los senderos a un apacible silencio.

       Noté que había olvidado la última vez que la besé, incluso la primera. ¿Cómo fue que nos conocimos? Acaso no eramos un par de extraños atravesando por error las mismas callejuelas. Ella ni siquiera me miraba. Fue entonces que tuve una revelación. Obvio, la compartí con ella.

       -Uno el martes pasado: un ambulante hecho trizas por el trolebús. El segundo: un ancianito mandado a volar por el metrobús.

       -¿Y eso qué?- se giro para verme mientras esperábamos el cambio de luces del semáforo.

       -Quizá sea yo el tercero. Pero debo que asegurarme que no-. Estiré la mano para atrapar su nariz entre mis dedos, sé cuanto detesta que toque su enjoyada nariz, entonces ella, dando un paso hacia atrás, resbaló de la banqueta, y un microbús resolvió mi dilema, mi preocupación por la finitud, emabarrando a mi amada, hecha mermelada de fresa, sobre el asfalto.