| Desde: soypelopo82 |
Intento #1
El jueves pasado, por fin, luego de la enfermedad, la desidia y el vacío que experimentó por semanas mi bolsillo, tuve la oportunidad de ir al cine. ¿Qué iba a ver? Obvio: Sweeney Todd. El problema era que ya había pasado harto tiempo desde su estreno, y no resultó muy popular (creo). Me puse a buscar y descubrí que aun se proyectaba en el Real Cinema. Mientras esperaba en la fila, una chica detrás de mí dijo que allí todo podía suceder, sin duda sabía lo que decía. En primer lugar, había una parejita de novios secundarientos (que rima con calenturientos) sentados en la fila de atrás, quienes durante toda la película trataron de hacer no sé qué (aunque lo imagino con envidia) por lo que a cada rato golpeaban mi asiento, sacudiéndome hasta la ira. ¡Grr! No quise ni mentarles la madre, pues sepa dios que hubiese visto yo de haber volteado. Persignémonos.
Por otro lado, al comienzo de la película, justo cuando uno conoce a Mrs. Lovett, escuché un ruido tenebroso (venido del más acá intestino -creí) una especie de flatulencia, que se repetía con cierto ritmo -¡Ah, caray, cuanta insistencia en pedorrearse!- pero nada, era un ronquido de esos que hacen temblar los cachetes (del rostro). Un señor, dos filas enfrente, estaba dormido -¡qué digo!, pero si parecía como si estuviera en plena misa dominical a las siete de la mañana después de haberse puesto una guarapeta el día anterior con una garrafita de Tonayan. De vez en cuando, despertaba, se limpiaba la saliva y volvía a colaborar con el soundtrack de la película.
En tercer lugar... no, pues ya no hay más quejas. ¡Chaz!
Sobre la película, si quieren una buena reseña vayan acá. Mejor aun, véanla ustedes mismos (¡órale, vayan con su corsario más cercano!).
...últimamente soy nefasto despotricando,
miren como Greis sí depotrica honorablemente.