Fue lo primero que hice: poner el calendario de este año. En medio del basurero que ahora es mi cuarto, y sin siquiera quitar el del año anterior, lo puse en la pared del fondo.
Allí estaba, muy modosito entre el mugrero, lleno de santos y fechas importantes. Con sus números claritos y sus hojas aun blancas. Pero a mi no me engaña. En el fondo está tan vacío como yo. Lo único que nos diferencia, además de lo que pudiera anotar Aristóteles, es que hace apenas unas semanas él salió de la entraña de alguna honorable imprenta, de esas que no publicitan a cualquiera, mientras que yo (¡qué va!) ya estoy todo arrugado y amarillento, culpa del tabaco.
¿Quién soy yo para quitarle la sonrisa del cromo? En un año, seguramente menos, dejarán de mirarle con esperanza, estará tan delgado que temerá desaparecer. Ya no contará nada, como yo. Será mejor que lo descubra solo. Sufrirá y gozará cada estación como la primera de su vida, como la última.
Y en la fiesta de San Silvestre, que tan triste es siempre, lo descolgaré de aquel oxidado clavito, lo arroparé y dormiré a su lado. Quizá así no se percate que con su muerte todo esto no acaba, que seguiremos dando vueltas al rededor de nada. Girando hasta morir de hastío.
Enero | |||||||
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| Foto: Gus | |||||||